viernes, 3 de marzo de 2017

VERANO. (Efraín Huerta).

"¿Qué soledad, qué muerte me destinan
la quietud, la sedante, cariñosa tristeza
donde nazco y perduro?
Nada sé, nada saben, nada sabe.
Nada se sabe al fin de tanto y misterioso
ir y venir de largas pesadumbres de hielo.
Nada se sabe aún. La milagrosa
lluvia de este verano
es callada, y me duele
la cruel melancolía.

Y nada se sabrá.
Los hombres nunca saben
el por qué de la angustia,
ni cómo una magnolia
-esa bestia de mármol inocente-
y un clavel se estremecen
cuando los besos cobran
magnitudes celestes
y sabor de piedad.

Nada puede saberse, no hay remedio.
Los hombres nunca saben
cuánta dulzura y cuánto
quebradizo silencio
hay en una palabra,
cómo es bello llorar
con las lágrimas vivas
y la piel en descenso.

Por eso me pregunto sobre la soledad
y sobre la tristeza: hadas, malignas
rosas, delicados, sonrientes
jardines de veneno".

(Efraín Huerta).






     Y en eso consiste la educación: 
en enseñar y aprender cuánta dulzura 
y cuánto quebradizo silencio 
hay en la poesía, en el amor.

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